Autol en autocaravana: Entre viñedos riojanos, la leyenda de los Picuezos y la piedra del castigo
La geografía de la comunidad autónoma de La Rioja es mundialmente reconocida por su arraigada tradición vitivinícola, un motor económico y cultural modelado por un clima extremo de inviernos muy rigurosos y veranos secos y calurosos que favorecen la maduración óptima de la uva. En el corazón de esta región se encuentra Autol, una pequeña localidad de apenas cinco mil habitantes cuyo paisaje está dominado por extensiones de viñedos que dan origen a los caldos riojanos más célebres internacionalmente, presentes incluso en los servicios de primera clase de las principales aerolíneas globales. Sin embargo, más allá de la excelencia de sus vinos, este municipio destaca por albergar una de las manifestaciones geológicas y mitológicas más singulares del norte peninsular: los monolitos conocidos popularmente como «El Picuezo» y «La Picueza». Estas impresionantes estructuras de roca arcillosa, esculpidas pacientemente por la erosión a lo largo de milenios, custodian la entrada de la villa y se han convertido en un símbolo de identidad que fusiona de manera indisoluble la geología con la tradición oral.
Para los usuarios de vehículos de recreo que transitan por el valle del Ebro, las inmediaciones de Logroño o la vecina provincia de Álava, Autol se presenta como una parada técnica sumamente atractiva y diferente. A diferencia de las extensas rutas de otras entregas de la serie, el canal de YouTube de Autocaravana Práctica ofrece un análisis directo y conciso de este enclave en un metraje enfocado en optimizar visitas cortas. Aunque el municipio no dispone de un área de servicios formalmente acondicionada para la pernocta de autocaravanas y el estacionamiento en el casco urbano puede resultar complejo debido a la estrechez de sus vías, la localización de los monolitos junto a la carretera principal facilita una parada muy cómoda para contemplar el entorno y realizar un descanso logístico.
El entorno que rodea a estas formaciones geológicas ha sido acondicionado con un parque recreativo ideal para realizar un pícnic o descansar durante la ruta. Este espacio verde cuenta con una pasarela peatonal que bordea un vistoso lago y el meandro del río adyacente, transformando el paraje en un área de esparcimiento familiar muy concurrida por los habitantes locales. Desde esta perspectiva, el visitante puede admirar la imponente escala de los dos monolitos arcillosos: la figura masculina, bautizada como «El Picuezo», se eleva hasta los 45 metros de altura, mientras que la silueta femenina, «La Picueza», presenta una anchura de unos 10 metros y una altura ligeramente inferior que ronda los treinta metros. La singularidad de sus perfiles ha alimentado durante generaciones una rica mitología popular que intenta explicar su origen mediante una moraleja sobre las consecuencias del engaño.
La leyenda local se remonta a varios siglos atrás, en una época en la que una pareja del pueblo, conocida por su tendencia a buscar el sustento por la vía del oportunismo y el mínimo esfuerzo, se vio tentada por una vendimia excepcionalmente abundante en las tierras propiedad del Señor del Castillo. Atraídos por los pesados racimos que colgaban listos para la cosecha, la pareja se adentró en la propiedad al amparo de la oscuridad nocturna provista de una gran cesta. Tras recolectar con rapidez las uvas de mayor calidad, emprendieron la huida en absoluto silencio, pero sus planes se truncaron al toparse de frente con el guarda de la finca, un hombre severo y vigilante que custodiaba los viñedos con gran rigor. Al ser interrogados sobre el contenido de la cesta a tan altas horas de la noche, los sospechosos decidieron negar con vehemencia el robo que acababan de cometer.
La tragedia de la mentira se desencadenó cuando la pareja, presa de los nervios ante el persistente interrogatorio del guarda, intentó ratificar su inocencia pronunciando un juramento a la ligera: desearon solemnemente que, si lo que transportaban en la cesta eran uvas, sus propios cuerpos se transformaran en piedra en ese mismo instante. La tradición relata que el peso de sus palabras tuvo un efecto inmediato e irrevocable; antes de que pudieran mostrar arrepentimiento, sus extremidades y troncos comenzaron a petrificarse de forma silenciosa hasta quedar completamente inmóviles. Sus rostros permanecieron esculpidos para siempre con una expresión de absoluto asombro ante el error cometido, convirtiéndose en los dos colosos que hoy presiden el valle. Esta narración popular sobre la verdad y la responsabilidad de la palabra no solo añade un enorme misticismo al patrimonio riojano, sino que invita al viajero contemporáneo a una reflexión inevitable sobre la vigencia del mito en una sociedad moderna habituada a las falsedades cotidianas en la esfera pública.















