Estrasburgo y el «Mal de San Vito»: Un Viaje entre la Historia Trágica y la Ruta en Autocaravana
Explorar Europa en autocaravana permite descubrir conexiones históricas que a menudo pasan desapercibidas en las guías turísticas convencionales. En nuestra última ruta por la región fronteriza entre Francia y Alemania, nos detuvimos en Estrasburgo, una ciudad que no solo impresiona por su arquitectura gótica y su relevancia política actual como sede del Parlamento Europeo, sino también por guardar un lazo histórico profundamente trágico con la España de posguerra: la relación entre el hambre, la desesperación y los trastornos neurológicos conocidos popularmente como la «epidemia del baile».
La crónica nos traslada inicialmente a mediados de julio de 1518. En las estrechas calles medievales de Estrasburgo, una mujer llamada Frau Trofea comenzó a bailar de manera frenética y sin causa aparente. Lo que comenzó como un acto aislado se convirtió en una de las crisis colectivas más extrañas de la historia; en apenas un mes, cerca de 400 personas se habían unido a este baile involuntario. Muchos de ellos fallecieron víctimas de ataques cardíacos, accidentes vasculares o puro agotamiento físico. Este fenómeno, denominado coreomanía, afectó principalmente a los estratos más vulnerables de la sociedad: campesinos, jornaleros y mendigos que sufrían las consecuencias de hambrunas crónicas y climas extremos.
Este episodio, que podría parecer una curiosidad de la Edad Media, encuentra un eco estremecedor en la España de los años 40. Tras la Guerra Civil, la falta de proteínas y la desnutrición terminal llevaron a los habitantes de la «España vacía» a situaciones límite. En muchos pueblos del interior, era común observar a personas con movimientos espasmódicos involuntarios en extremidades y rostro. Popularmente, se decía que padecían el «mal de San Vito», una referencia al mártir siciliano patrón de los bailarines. La realidad médica detrás de estos síntomas suele apuntar a enfermedades como la de Huntington o a los efectos del consumo excesivo de almorta (harina de titos), una leguminosa cuyas toxinas causaban parálisis y rigidez en una población que no tenía otra cosa que comer. La conjunción de ignorancia, superstición y carencias nutricionales extremas une así a la Estrasburgo medieval con la España de posguerra en un mismo estigma social.
Dejando atrás estas reflexiones históricas, la logística del viaje nos lleva a analizar la infraestructura para el autocaravanista en esta zona estratégica. Estrasburgo es una ciudad extremadamente amigable para las dos ruedas, ocupando el cuarto lugar mundial en kilómetros de carril bici (más de 640 km en 2024). Para visitar el centro histórico, una de las opciones más inteligentes es pernoctar en la ciudad de Kehl, en el lado alemán. Desde el área de autocaravanas de Kehl hasta la Catedral de Estrasburgo hay apenas 7 u 8 kilómetros que pueden recorrerse íntegramente por carriles bici seguros, cruzando el río Rin a través de un moderno puente peatonal.
La llegada al corazón de Estrasburgo revela la imponente Catedral de Notre Dame. Construida con piedra rosada característica de la zona, esta estructura fue durante siglos la construcción más alta del mundo con sus 142 metros. En su interior, el Reloj Astronómico de 1843 sigue siendo el principal reclamo, especialmente durante el desfile de autómatas que ocurre diariamente a las 12:30. Es importante recordar que, a diferencia de otros monumentos en Europa, la entrada a las catedrales francesas es gratuita y ofrece horarios amplios para el visitante independiente.
Otro punto de parada obligatoria es el barrio de la «Petite France». A pesar de su nombre romántico y sus canales pintorescos, el origen de su denominación es menos idílico: en esta zona se ubicaba antiguamente el hospital donde se trataba la sífilis de los soldados franceses. Hoy es un enclave turístico masificado donde se requiere paciencia para caminar entre los grupos organizados, aunque sigue conservando un encanto fotográfico innegable. Para el viajero que busca gastronomía, Estrasburgo ofrece el refinamiento francés, pero con precios elevados; un café en una terraza céntrica puede rondar los 12 euros, por lo que se recomienda buscar opciones en calles menos transitadas para encontrar una relación calidad-precio razonable.
La visita política nos conduce hacia las instituciones europeas. Estrasburgo alberga el Parlamento Europeo, un edificio arquitectónicamente destacable pero situado a unos 5 kilómetros del centro. La ubicación de esta sede ha sido históricamente controvertida, representando la reconciliación franco-alemana tras la Segunda Guerra Mundial, aunque obliga a los parlamentarios a traslados constantes desde Bruselas. Para el autocaravanista, llegar hasta aquí en bicicleta es sencillo, aunque el entorno carece de la calidez del casco histórico y se percibe como una zona puramente administrativa.
En cuanto a la pernocta, nuestra recomendación técnica se inclina por el parking de autocaravanas de Kehl. Mientras que en Estrasburgo las opciones se limitan a campings de alto coste (entre 35 y 40 euros por noche en temporada baja), el área alemana ofrece una tarifa mucho más competitiva de 12 euros por 24 horas (dato de septiembre de 2025). Es un espacio gestionado al «estilo alemán»: funcional, limpio y con servicios básicos de carga y descarga de aguas, aunque con parcelas estrechas donde la proximidad con el vecino es la norma. El suministro eléctrico se paga aparte y no cuenta con instalaciones sanitarias propias, pero su ubicación estratégica y precio lo convierten en la base de operaciones ideal para explorar la Alsacia francesa sin comprometer el presupuesto.
Este recorrido por Estrasburgo nos demuestra que el viaje en autocaravana es, ante todo, una oportunidad para el aprendizaje. Entre el lujo de sus catedrales y la burocracia de sus instituciones, subyacen historias de resiliencia humana que nos conectan con nuestro propio pasado. Visitar Alsacia con una mirada crítica y objetiva permite no solo disfrutar del paisaje, sino también comprender las cicatrices que el tiempo y las fronteras han dejado en el corazón de Europa.











